
Asamblea del Movimiento 15-M en Valencia.
Hay quien dice que la historia, como la vida, es cíclica, y por tanto aunque en épocas diferentes, siempre reproduce los mismos patrones. Cada día estoy más convencido de ello. Sobre todo al ver los datos que arroja el último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Humano (OCDE), que revelan que en España la brecha entre ricos y pobres está ahora mismo en la cota más alta de los últimos 30 años. Dicho informe está basado en datos de 2008, poco tiempo antes del estallido de la crisis, pero aun así resulta representativo, en tanto que de entonces hasta ahora pocas cosas han cambiado en cuanto a desigualdad, como no sea para acentuarla.
Esta marcada diferencia de poder adquisitivo vendría determinada básicamente por la diferencia cada vez mayor entre salarios, que constituyen de media el 75% de los ingresos de cada hogar. Es cierto que vivimos años de gran desarrollo, pero la bonanza de un país no se traduce automáticamente en una disminución de la brecha social, especialmente si las medidas correctoras fallan en su objetivo de distribuir la riqueza. Según datos del estudio, el 10% más pudiente de la sociedad ganan de media unas casi diez veces más que el 10% más desfavorecido. Claro, no se van a hacer ricos del aire, ¿no?
En los últimos años, la distancia ha crecido a nivel europeo, incluso en países que tradicionalmente han sido más igualitarios como Alemania, Suecia o Dinamarca. Aun así, estos países se encuentran todavía por debajo de la media, a diferencia del caso español, que se encuentra por encima. Cómo no podía ser de otra manera después de años de inflación, especulación, crédito ilimitado y burbuja inmobiliaria. Todo a lo grande, como debe ser.
Y así, en España, el ingreso medio de la población más rica era en 2008 hasta 12 veces más que el de la población más pobre. Los primeros se embolsaban de media unos 38.000 euros anuales, frente a los irrisorios 3.500 euros de media con que a duras penas se mantenían los más desfavorecidos.
A día de hoy, en Valencia, otrora adalid de la industria del ladrillo y ahora una de las autonomías con más paro, casi la mitad de los asalariados que tiene la fortuna de poder serlo ganan menos de 800 euros al mes. Un salario que en la actualidad a penas da para ir tirando, pero absolutamente paupérrimo para los estándares de hace a penas cuatro años, cuando ser mileurista era considerado poco más que una miseria.
Obviamente, ante esta tesitura, no es de extrañar que el contrato social esté pendiente de un hilo, cuando no a punto de deshacerse en muchos países, tal y como alertó ayer el secretario general de la OCDE, Ángel Gurría: “La incertidumbre y el miedo a la exclusión han alcanzado a la clase media en muchas sociedades, la gente siente que está sufriendo una crisis de la que no es responsable, mientras aquellos que gozan de altos ingresos son perdonados”.
No le falta razón. Baste con echar un vistazo a los datos económicos, especialmente a los que hacen referencia al desempleo entre los jóvenes, que en España oscila entre el 40 y hasta el 50% en algunas zonas. Media generación que se ve imposibilitada a la hora de acceder al mercado de trabajo, y que por su condición vital ni puede ni debe aceptar la perspectiva de una crisis que se prolongue durante diez o veinte años, como se dice últimamente.
El 15-M fue y sigue siendo un reflejo de esta realidad y a la vez el espejo en que se mira toda una generación que no se resigna a la exclusión. Se les puede relativizar, banalizar, en incluso tomar a broma. Pero desde luego no es un juego. Si no se pone remedio deprisa a este grave problema, no quepa a nadie la más mínima duda de que volverán a salir a la calle en masa, y muy probablemente con ellos, la inmensa mayoría de una sociedad cada día más harta de que la tomen por el pito del sereno siempre los mismos. Y es que, señores, nos estamos viendo obligados a luchar por cosas que teóricamente ya estaban más superadas en el pasado. Para que luego digan que la historia no se repite.
Fuente| El País
Imagen| Fito Senabre